| |
|
El combate.
Español
El sol se hundía en las lejanísimas montañas coronadas de nieve, veteadas en los flancos por líneas verdosas, rayadas de carbón. Yo avanzaba a través de un sendero pedregoso dejando a mis espaldas un rastro de sangre. Me detenía el tiempo justo para respirar y luego reanudaba mi implacable marcha pues no quería que la noche me sorprendiera a descampado. Abrigadas en las sombras, las fieras o las aves de rapiña me acosarían sin piedad, y en aquel estado de indefensión, ¿qué resistencia les iba a ofrecer? Moverme me causaba daño, ya que, prácticamente, ninguna región de mi cuerpo había escapado al castigo. A decir verdad, mis heridas no eran de muerte, pero este hecho no me consolaba. ¿Qué ventaja se derivaba de aquella circunstancia? Morir no era mi mayor preocupación. Ya habría tiempo para ocuparse del trance final.
Mientras avanzaba apoyándome en alguna raíz enterrada en los salientes rocosos, me invadía una rara sensación, semejante a la desilusión o la tristeza. No obstante, su verdadera naturaleza no era fácil de definir. Yo me había habituado a la derrota, mi destino estaba entretejido por la traición. Entonces, por qué habría de afligirme esta nueva caída siendo que ella no era más que una reiteración, otro eslabón en la cadena. Acaso, por primera vez, tuve conciencia de que aquel sentimiento, el que fuera, rebasaba mis propios límites y se precipitaba en el vacío.
Había librado un combate desigual, y supe desde el primer momento que no tenía la más mínima posibilidad de resultar vencedor. Pude eludir el encuentro pues nada me obligaba a someter mi cuerpo a semejante escarmiento. Sin embargo, una fuerza para mí desconocida sostuvo mi decisión. ¿Acaso me solazaba en el dolor? No lo creo, no ha sido el dolor mi aspiración esencial. Al menos, voluntariamente, no me expongo a la crueldad. Ahora, ante mi piel desollada, de nada servían los pensamientos. Cualquier hipótesis resultaba superflua. Pero no podía dejar de pensar; al contrario, imágenes y voces fluían incontenibles, fustigándome y atormentándome, convirtiendo mi huida en un viacrucis mental.
Escuchaba la risa burlona del enemigo, escudado detrás de la máscara de hierro, y aquella risa endemoniada era preferible al silencio pues opacaba su irritante respiración, silbante y persistente como el zumbido de un moscardón. Y cuando al fin cesaban la risa y el silencio, en algún lugar de mi memoria surgía nítida una figura familiar —cuyos rasgos habría reconocido entre una multitud. Se incorporaba en su tumba y me increpaba con palabras terribles, que llegaban a mí desfiguradas por la lejanía, astilladas por el viento de la eternidad, y que hacían vibrar mis oídos como una maldición. ¿Estaría yo condenado a oscilar el resto de mis días entre carcajadas de burla y voces muertas? A través de aquel odioso contrapunto se filtraba, débil —e inconfundible—, un sollozo. Yo había traspasado no sé cuántos umbrales del sufrimiento, pero el sonido de mi propio llanto no lo iba a soportar. Arranqué un puñado de hierba seca mezclada con tierra y taponé mi boca para sofocar mi voz. Y reanudé la marcha dispuesto a no dejarme arrebatar por ninguna imagen del pasado, pues sabía que en aquel territorio de cenizas, y no en mi cuerpo desvalido, se centraba mi debilidad.
Llegué a un promontorio desde el cual, los días claros, se alcanzaba a ver, en el fondo del valle, el techo de mi cabaña. Hoy, las nieblas ligeras que ascendían por el cañón como si huyeran de la noche cercana, lo ocultaban. Aceleré el paso. La noche no me alcanzó, tampoco el puma montañés. Mi refugio de paredes encaladas olía a tabaco y laurel. Yo pensaba que al entrar en mis dominios me derrumbaría a causa de la fatiga; más bien, gracias al cielo, sentí un alivio repentino como si me hubieran untado un bálsamo rejuvenecedor. Pero no me hice ilusiones: sabía que el dolor no tardaría en volver, acrecentado por el relente del atardecer. Encendí el fogón, y a toda prisa, aprovechando las últimas luces y mis escasas fuerzas, calenté agua que fui vaciando en una tina y le agregué una libra de sal. Me hundí en aquel caldo salobre y pronto me quedé dormido. Soñé que sobrevolaba un paisaje de altísimos conos de ceniza, convertido en halcón. Aquellos parajes me eran desconocidos, sin embargo, por algún oscuro mecanismo de asociación me recordaban el escenario del combate.
***
Durante años había imaginado cada detalle del encuentro. Y me había entrenado minuciosamente, con esmero y dedicación dignos de un arquero zen. Nervios y músculos a punto, ni un gramo de grasa estorbaba mis movimientos. Yo saltaba y daba volteretas en el aire al igual que un trapecista consumado. Corría dos leguas sin detenerme un solo instante, y durante largos trechos sentía que las plantas de mis pies se apoyaban en una capa neblinosa situada a un palmo del suelo. Cuando ya la fecha se aproximaba ayuné tres días para desentumecer mi espíritu. El día fijado me levanté con el sol. Me zambullí en un pozo helado, di gritos de júbilo que resquebrajaron el hielo de un lejano glaciar. Y luego me golpeé la espalda, el vientre y los muslos con ramas de verbena. Desnudo e inerme acudí al escenario del combate. Una mancha de ceniza en el centro de mi frente me aseguraba un único espacio invulnerable.
La extensa planicie estaba vacía. El enemigo se haría esperar. Mientras lo aguardaba recordé que nada sabía de él. Su naturaleza y sus intenciones, su poder y su fuerza me eran ajenos. Su aspecto, inimaginable. Si surgiera del aire o de una repentina polvareda, tendría que aceptar su presencia sin ninguna objeción, pues yo mismo había elegido aquella forma singular de enfrentamiento.
La espera se prolongó hasta el mediodía. Cuando el sol alcanzó el cenit, lo vi venir. Remontaba la última cuesta que conducía a la planicie. Mi corazón retumbó como un tambor, y contra mi voluntad mis piernas se pusieron a temblar. Aquel ser que se acercaba caminando con dificultad no podía ser mi rival. De lejos parecía un adolescente, incluso un niño. A menos que se tratara de una confusión, alguien se estaba burlando de mí. El feroz combatiente que yo aguardaba se demoraba en llegar o quizá no llegaría nunca, y aquel otro no era más que un excursionista extraviado en la montaña, un solitario explorador en busca de un lugar para acampar. Ah, sí, ya no me quedaban dudas, a sus espaldas traía un morral. Tendría que esconderme detrás de una roca para ocultar mi desnudez. Un presentimiento me cortó la respiración: ¿no estaría yo inventando excusas para eludir el combate, pues quién sino mi enemigo iba a conocer la ruta hasta este desolado lugar? Haría ya siglos que por estos rumbos no se aventuraba ningún ser humano. ¿Era aquél un ser humano? Aun siéndolo, su aspecto frágil podía resultar engañoso. El hecho de que se doblara bajo el peso del morral no era en modo alguno signo de debilidad, pues muy bien podría traer a cuestas una ametralladora con suficientes municiones como para aniquilar a un batallón, o quizá se trataba de una carga más contundente: un misil portátil, de aquellos que se guían por el calor. Mi cuerpo ardía como un diminuto sol.
El enemigo desapareció detrás de un matorral. Afiné la mirada y me puse en guardia, pues en cualquier momento resurgiría armado con su arsenal. Pasaba el tiempo y yo me impacientaba. Llegué a pensar en la posibilidad de un espejismo. La idea me desilusionó: si todos mis preparativos habían resultado inútiles, ¿a quién iría ahora a ofrendar mi cuerpo pleno de energía, rebosante de vida e ilusión? Me alistaba para emprender el camino de regreso cuando lo vi avanzar en dirección al centro de la planicie, y se me hacía difícil creer que fuera el mismo adolescente que trepaba la cuesta con dificultad. Venía envuelto en luces que parecían brotar de su cuerpo, como si en la piel le crecieran espejos. Corrí a su encuentro y a medida que me acercaba el resplandor me enceguecía. Despojado de todo pensamiento, olvidado de mí mismo, iba yo lanzado como una mariposa nocturna hacia una fuente de luz. El primer golpe lo recibí en las rodillas, un golpe bajo, inesperado. Tuve la sensación de haber chocado contra una muralla tejida con alambre de púas. Sentí el desgarrón y recordé que a los caballos, en las batallas, les cortan los tendones. ¿Era yo un caballo? Trastabillé y caí, y antes de que intentara siquiera levantarme un chorro de arena me encegueció por completo. Permanecí tendido sobre la hierba seca restregándome los ojos y aguardando la siguiente embestida. Imploré al cielo que el próximo golpe me partiera el corazón. Escuché entonces la risa, nerviosa e inquietante, y vislumbré con horror que la fiesta apenas comenzaba. Sobrevino un extenso silencio. Algo se dibujaba en el aire, una forma invisible, la sombra de un hacha tal vez. Una fuerza poderosa me haló hacia arriba, como si me tironearan de los pelos, y supe que estaba de pie. Di un par de pasos, lentos e inseguros. ¿Qué estaba sucediendo? No lo sabía. Moví los brazos buscando un asidero, al principio tanteando el aire con precaución, luego con furia. Tropecé otra vez con la alambrada. ¿Estaría acaso luchando contra un erizo o un puerco espín? Retiré mis brazos sangrantes y me quedé quieto. Imaginé por un instante que me había convertido en estatua. Intenté abrir los ojos, pero mis párpados se negaban a obedecerme. Levanté el izquierdo con mi índice y vi una cortina rojo oscuro. Desistí y volví a las tinieblas. Muy cerca de mi hombro se dejó oír, semejante a un fuelle, la respiración del enemigo. Resollaba. Tenía pulmones o branquias, ¿y corazón? Se me heló la sangre. ¿Qué estaría tramando aquel ser despiadado? Sentí en la frente un toque frío y di un paso atrás, brusco y violento, como si en la oscuridad me hubiera topado con una víbora. ¿Era una mano? Supongo que sí. La mano persistió en su propósito, y apartó con delicadeza un mechón de mi frente. Luego me acarició suavemente, de la misma manera que una madre acaricia el rostro de su hijo que delira por la fiebre. ¿Qué demonios estaba sucediendo allá afuera? ¿Sería aquél el espíritu rencoroso de mi madre que acudía a consolarme? ¿Con qué propósito? Sólo faltaba que se pusiera a cantar para confirmar mi sospecha. No, no era posible. Me negué a admitir aquella idea demencial, pues un espíritu muerto no se manifiesta a pleno sol, era yo el que deliraba. De repente una ola de alivio recorrió mi cuerpo, y aunque mi cerebro rechazaba tal sensación, no podía resistirme a la evidencia: me dejé arrastrar, al igual que un ser fatigado hasta el límite de sus fuerzas se entrega al sueño. De cualquier manera, yo estaba a merced del enemigo, y aquella tregua no pasaría de ser más que una nueva estratagema, un ardid tramado sólo para confundirme. El gato caza al ratón y juega con él, no tiene prisa, lo zarandea y luego lo suelta creándole la falsa ilusión de que puede escapar, lo atrapa de nuevo y el juego continúa. El ratón, como cualquier criatura en peligro, forcejea, no se da por vencido, pero en el vaivén entre la fuga y las garras del cazador —seguro éste de haber cobrado su presa— segrega la enzima del terror que ablanda y endulza su carne, sellando así, sin saberlo, su condena. ¿Sería yo un ratón? Ah, entonces me entregaría sin resistencia para envenenar a mi depredador. Llegado a este punto hice otro intento por abrir los ojos y, contra mis aprensiones, lo logré. Y vi el rostro del enemigo. Creí verlo.
No, no se trataba de un rostro. Hasta donde alcanzaba mi discernimiento, aquella forma que flotaba cerca de mí era una máscara, de hierro. Dos estrechas ranuras horizontales a la altura de los ojos y una rejilla metálica en el lugar de la boca: un primer plano que cubría por completo mi ángulo de visión. Añoré mi ojo de pez. Quise saber quién se ocultaba tras la máscara, levanté los brazos y me preparé para el asalto. Creía que me bastaría un esfuerzo mediano para despojar a mi rival de aquella cerrazón. Mis manos, que buscaban algún broche o una escotilla, tropezaron contra una superficie sembrada de diminutos cuchillos. El dolor compitió con la rabia, y ambos avivaron el ardor de las otras heridas. Como si hubiera aguardado mi despertar, el enemigo interrumpió sus caricias y se alejó unos pasos. Y así lo pude ver en todo su esplendor, cubierto de la cabeza a los pies por una férrea caparazón. La armadura brillaba al sol, lanzaba destellos plateados, puñaladas de luz. El resplandor me fascinaba y me hacía olvidar mi precaria y miserable condición. Caminé otra vez en dirección a la luz y me abalancé sobre mi contrincante. Lo abracé como si hubiera reconocido en él a un hermano perdido hace tiempo en un naufragio. Las salientes de la armadura se adentraron en mi carne. Me retiré adolorido. De mi pecho, agujereado y tasajeado, manaba la sangre como de un surtidor. Observé que también mi adversario se hacía a un lado. Me esquivaba, tal vez se compadecía de mí, no lo sé. Tuve un raro pensamiento que, mientras persistió, convirtió mi mente en un infierno. El adolescente o quien fuere que se ocultaba en el traje de hierro no era mi enemigo, no luchaba ni quería luchar. Estaba allí, en la planicie, cumpliendo algún designio, para mí e incluso para él mismo, desconocido. La vestimenta pesada y sofocante que se ha visto obligado a usar le debe causar un indecible tormento, y con gusto, si pudiera, se libraría de ella. Imagino que no le está permitido exhibir su auténtica naturaleza, menos aún su desnudez, quizá teme que yo pueda dañar su delicada piel. Es él quien se protege de mí. Soy yo el agresor. A través de la estrecha ranura de la máscara su visión es limitada. Sólo verá los objetos más cercanos, el horizonte se le escapa. Quizá a causa de esa limitación fue que no pudo esquivar mi primera embestida. La última, creo que lo tomó por sorpresa. El razonamiento no carecía de lógica, pero la lógica no iba a aliviar mis heridas. Yo estaba ya suficientemente destrozado, y me daba igual que el daño me lo hubiera causado yo mismo o un siniestro vengador. No obstante, me preguntaba: ¿por qué se me castiga? ¿Acaso en un momento de distracción le había negado un vaso de agua a un peregrino que se detuvo a reposar en mi cabaña? ¿O, quizá en sueños asesiné a un ruiseñor? Herido como estaba quería conocer uno solo de los motivos, el más insignificante, que me había hecho merecedor de semejante castigo. ¿Y si todo no fuera más que un equívoco? ¿Qué clase de torneo era aquél en el cual sólo yo recibía los golpes? Para averiguarlo tendría que intentar alguna forma de comunicación con mi rival. Caminé hacia él y de nuevo el reflejo de la armadura me encandiló. Pensé que si esperaba la llegada de la noche, la oscuridad apagaría el brillo cegador; la superficie se enfriaría, y de no ser por las aristas puntiagudas sería aquél un sitio agradable donde apoyar mi mejilla y dormir. Utilicé mi mano a manera de pantalla para amortiguar el torrente de luz, y de paso borré de mi memoria la silueta de una quimera que amenazaba convertirse en una imagen real. El enemigo se había sentado en una piedra, e inclinado sobre el suelo dibujaba en un espacio arenoso unos signos extraños. Utilizaba una varita como si se tratara de una plumilla. Me le acerqué de frente y mi sombra se proyectó sobre la inscripción. Me aproximé aún más, hasta casi rozarlo, quería ver. Observé que una de sus manos, la que dibujaba, sobresalía de la armadura, libre, sin protección, y me pareció fina y delicada, frágil en exceso. Seguro que esa mano fue la que apartó un mechón de mi frente y luego me acarició. La otra, en cambio, estaba recubierta por una manopla tachonada de clavos de acero con las puntas vueltas hacia afuera. Reconocí en la arena el ideograma chino de caos. Quise susurrar al oído del enemigo alguna frase grata, ofrecerle mis disculpas, pedirle tal vez que me revelara el enigma de nuestro encuentro. Que no se preocupara por mis heridas, ya cicatrizarán: el tiempo es un bálsamo, el mejor. Fue entonces cuando se volteó en mi dirección y pude ver durante una fracción de segundo, a través de la rendija de la máscara, el relampaguear de sus ojos. Pero no alcancé a vislumbrar siquiera el movimiento de la manopla lanzada como una coz contra mi rostro.
Caí boca arriba y vi un cielo rojo surcado por relámpagos, y antes de hundirme en la confusión aún tuve tiempo para pensar que mi proximidad al enmascarado había desencadenado un mecanismo involuntario: el resorte de una alarma se desató, de manera que el golpe me fue asestado sin intención. O, tal vez, a causa de su visión imperfecta, el anónimo guerrero confundió la mancha de ceniza en mi frente con una mosca y quiso librarme de ella aplastándola de un manotazo.
Lo que aconteció después pertenece al campo del olvido. Al recordarlo corro el riesgo de envenenar mi sangre con el rencor, pues ni siquiera las plantas de mis pies escaparon a la furia del vengador. ¿Para aquel miserable combate me había preparado durante tanto tiempo? Más me hubiera valido abrirme el vientre con un puñal y arrojar mis entrañas a los perros. Basta. A fin de cuentas, si aún permanecía con vida, ¿qué había perdido? A lo sumo, la ilusión. Y ésta, al igual que el musgo que crece entre las piedras, se reproduce con el sol. Latencia, creo que así llaman al período durante el cual las fisuras que surcan las piedras ennegrecen. Late el corazón. Tendría ahora que enfrentarme al lento proceso de sobrevivir: en aquellos menesteres era yo un experto: un salvaje jabalí de las praderas huyendo del incendio que arrasó el bosque, la casa entre los árboles y el jardín.
Me levanté. Asunto terminado. Ya era tiempo de regresar. Me adentré en la planicie llevando el sol rojo como morral. Y mientras me alejaba escuché a mis espaldas un ruido metálico seguido de un sonido claro que confundí con una voz. Quizá el enemigo se había despojado de la máscara, ya no soportaba el calor, y en un extraño gesto de amabilidad se despedía de mí. Hasta luego, pues. Pero no me volví para verlo. No quise guardar para mis sueños futuros la imagen del rostro de aquel desconocido que, por la razón que fuese, me había causado tanto dolor.
***
Desperté bien entrada la mañana y chapoteé en la tina de agua salobre. Por la rendija de la puerta se filtraba un rayo de sol.
1995 |
| |
|
The combat.
Traducido al Inglés por Rowena Hill
The sun was sinking into the far-off snow-capped mountains, whose flanks were mottled with greenish lines and streaked with charcoal. I was advancing along a stony path, leaving behind me a trail of blood. I kept stopping just long enough to catch my breath and then continuing my relentless progress, for I did not want night to overtake me in the open. Under cover of darkness, wild beasts or birds of prey would pursue me mercilessly, and in my helpless state what resistance could I put up? It was hurting me to move, since there was practically no part of my body that had escaped punishment. To tell the truth, my wounds were not mortal, but this fact did not console me. In what way was it to my advantage? Dying was not my biggest worry. There would be time enough to concern myself with final moments.
As I went along, supporting myself on roots buried among the jutting rocks, I was overcome by a strange feeling, similar to disappointment or sadness. However, the true nature of this feeling was not easy to define. I had become accustomed to defeat; my fate was interwoven with betrayal. So why should this new fall upset me, when it was only a repetition, another link in the chain. Perhaps it was because I sensed for the first time that the feeling, whatever it was, had overflowed its limits and poured into the void.
I had engaged in unequal combat, knowing from the first moment that I had not the slightest chance of emerging victorious. I could have avoided the encounter, since nothing obliged me to subject my body to such chastisement. Nevertheless, a force unknown to me sustained my decision. Did I perhaps find enjoyment in pain? I don\'t think so, pain has never been my main object. At least, I do not expose myself voluntarily to cruelty. And now, with my excoriated skin, thoughts were of no use. All reasoning was superfluous. But I couldn\'t stop thinking; on the contrary, images and voices kept gushing uncontrollably, whipping and tormenting me, turning my flight into a via crucis of the mind.
I could hear the mocking laugh of the enemy, shielded behind his iron mask, and that devilish laugh was preferable to his silence, because it obscured his irksome breathing, which was shrill and persistent like the buzzing of a hornet. And when finally the laughing and the silence ceased, a familiar figure rose up distinctly from some corner of my memory - I would have recognized him in a multitude. He sat up in his grave and accused me with terrible words, which reached me distorted by distance and shredded by the wind of eternity. Nevertheless, they made my ears burn like a curse. Was I condemned to swing for the rest of my days between mocking guffaws and dead voices? Through that hateful counterpoint filtered, weak but unmistakable, the sound of a sob. I had crossed I don\'t know how many thresholds of suffering, but the sound of my own weeping I was not going to bear. I pulled up a handful of dry grass mixed with earth and plugged my mouth with it to stifle my voice. And I started walking again, determined not to allow myself to be carried away by any image from the past, since I knew that in that terrain of ashes, and not in my helpless body, lay my worst weakness.
I came to a headland from which, on clear days, the roof of my hut could be seen at the bottom of the valley. Today it was hidden by mists rising up the gorge as if fleeing from approaching night. I went faster. The night did not overtake me, nor the mountain lion. I crossed the threshold. My whitewashed refuge smelt of tobacco and bay. I had thought that on entering my own domain I would collapse from tiredness, but instead I felt sudden relief, as if someone had anointed me with a balm of youth. I did not deceive myself. I knew that the pain would soon return, increased by the dampness of nightfall. I lit the fire and hurriedly, making the most of the last gleams of light and my scant strength, filled a tub with warm water and threw into it a pound of salt. I sank into the water and soon fell asleep. I dreamt that I had turned into a falcon and was flying over a landscape of high, cone-shaped hills of ash. Those places were unfamiliar to me and yet, by some obscure mechanism of association, they reminded me of the scene of the fight.
* * * * *
For years I had imagined every detail of the encounter. I had trained meticulously, with a painstaking devotion worthy of a Zen archer. My nerves and muscles were in perfect condition and not one ounce of fat obstructed my movements. I jumped and turned somersaults in the air like an expert trapeze artist. I could run two leagues without stopping for a single moment, and for long intervals I felt as if the soles of my feet were touching a layer of haze a palm\'s width above the ground. When the date was close, I fasted for three days to loosen up my spirit. On the day itself I got up with the sun. I dived into a frozen pool, with shouts of joy that shattered the ice of a distant glacier. And then I beat my back, belly and thighs with verbena twigs. Naked and unarmed, I came to the scene of the fight. A spot of ash in the middle of my forehead was the only invulnerable place assured to me.
The wide plateau was empty. The enemy was going to keep me waiting. While I waited, I remembered I knew nothing about him. His character and intentions, his powers and strength, were all completely unknown to me. His appearance I could not imagine. If he sprang from the air or from a sudden cloud of dust, I would have to accept him without protest, since I myself had chosen that strange form of confrontation.
I went on waiting till midday. When the sun reached its zenith, I saw him coming. He was climbing the last slope up to the plateau. My heart thumped like a drum, and against my will my legs began to tremble. The person who was approaching, trudging so laboriously, could not be my rival. In the distance it looked like an adolescent, even a child. Someone was making fun of me, or there had simply been a confusion. The fierce fighter I was expecting was delayed, or maybe would never come, and this other person was only a hiker lost in the mountains, or a lone explorer looking for a place to camp. Oh yes, there was no longer any doubt, he had a pack on his back. I would have to hide behind a rock to conceal my nakedness. A presentiment made me catch my breath. Could I not be making up excuses to avoid fighting, since who but my enemy would know the way to this desolate place? It must be centuries since any human being had ventured into these parts. Was that a human being? Even if it was, his fragile appearance could be misleading. The fact that he was doubled up under the weight of his backpack was not necessarily a sign of weakness, since he might well be carrying a machine-gun with enough ammunition to wipe out a battalion; or perhaps his load was even more impressive, a portable missile, of the kind that are guided by heat. My body was burning like a tiny sun.
The enemy was lost to view behind a clump of trees. I sharpened my gaze and stood on guard, because at any moment now he would reappear with his arsenal. Time passed, and I was becoming impatient. The possibility of a mirage occurred to me. The idea was disappointing. If all my preparations had been for nothing, to whom should I go now with the offering of my body full of energy and overflowing with life and hope? I was about to set out on the journey back when I saw him advancing toward the centre of the plateau, and I could hardly believe it was the same boy as had laboured up the slope. He was approaching enveloped in lights that seemed to sprout from his body, as if mirrors were growing on his skin. I ran to meet him, and as I came near him his glow blinded me. Stripped of thought, forgetful of myself, I threw myself toward him like a moth toward a light. I received the first blow on my knee, a low blow, unexpected. It gave me the sensation of knocking against a wall lined with barbed wire. I felt the tearing and remembered that in battle they cut horses\' tendons. Was I a horse? I stumbled and fell, and before I even tried to get up a shower of sand blinded me completely. I went on lying on the dry grass, rubbing my eyes and waiting for the next attack. I begged heaven for the next blow to break my heart. Then I heard the laugh, uneasy and disturbing, and realized to my horror that the game had only just begun. A strange silence followed. Something took shape in the air, an invisible shape, maybe the shadow of an axe. A powerful force pulled me up, and I found I was on my feet. I took a few steps like an automaton. What was happening? I didn\'t know. I moved my arms searching for something to hang on to, feeling the air at first carefully, then furiously. Again I ran into the barbed wire. Was I fighting a hedgehog or a porcupine? I drew in my bleeding arms and stood still. I imagined for a moment that I had turned into a statue. I tried to open my eyes, but my eyelids refused to obey me. I lifted the left lid with my index finger and saw a dark red curtain. I gave up and returned to darkness. Very near my shoulder I could hear, like a bellows, the enemy\'s breath-ing. He was panting. He had lungs. And a heart? My blood froze. What could that merciless being be plotting? I felt a cold hand on my forehead and took a step backwards, violently, as if I had run against a viper. But the hand continued in its purpose, and delicately brushed a lock of hair from my sweating forehead. Then it stroked me softly, exactly as a mother places her hands on the face of a child delirious with fever. What the hell was going on out there? Was it the spiteful ghost of my mother that had come to comfort me? For what reason? She would only have to start singing for my suspicions to be confirmed. No, it was not possible. I refused to accept such a demented idea; I must be delirious. Suddenly a wave of relief ran through my body, and although my brain tried to refuse the sensation I could not deny its reality. I let myself be carried away, as a creature exhausted and at the end of its strength gives itself up to sleep. In any case I was at the enemy\'s mercy, and the truce would turn out to be no more than a new stratagem, a trick to confuse me. The cat catches the mouse and plays with it, in no hurry, shaking it and letting it go to give it the illusion that it can escape and then catching it again - and so the game goes on. The mouse, like any creature in danger, struggles and refuses to give up, but as it swings between flight and the hunter\'s claws - while the hunter is sure of its prey - it secretes the enzyme of terror, which softens and sweetens its flesh, thus, unknown to the mouse, sealing its fate. Was I a mouse? Ah, then I would give in without resistance, and poison the predator. At this point I made another attempt to open my eyes and, contrary to what I feared, succeeded. And I saw the enemy\'s face. I thought I saw it.
No, it was not a face. As far as I could make out, that shape hovering near me was a mask, an iron mask. Two thin horizontal slits at the level of the eyes and a metal grid at the place of the mouth; a close-up that filled my field of vision completely. I longed for my fish\'s eye. I wanted to know who was hidden behind the mask and, instinctively, I lifted my arms and prepared to attack. I thought a reasonable effort would be enough to strip my rival of that casing. My hands sought some buckle or hatch, but ran against a surface sown with minute knives. Pain competed with anger and both intensified the burning of the other wounds. As if he had been waiting for me to wake up, the enemy ceased his caresses and moved a few steps away. And thus I was able to see him in all his splendour, covered from head to foot in an iron carapace. His armour shone in the sun, giving off silver flashes, daggers of light. The radiance fascinated me and made me forget my precarious and wretched condition. I walked toward the light again, and threw myself on my opponent. I embraced him as though I recognized him as a brother lost long ago in a shipwreck. The spikes in his armour pierced my flesh. I drew back in pain. Blood streamed in jets from my slashed and riddled chest. I noticed that my adversary had also stepped aside. He was dodging me, perhaps he was sorry for me; I don\'t know. I had a strange thought which, while it lasted, made my mind a hell. The boy or whoever it was hidden in the iron suit was not my enemy, he was not fighting and didn\'t want to fight. He was there on the plateau to fulfil some design, unknown to me and even to himself. The heavy, stifling outfit he was obliged to wear must be causing him unspeakable torture, and if he could he would be happy to get rid of it. Most probably he was not allowed to reveal his true nature, even less his nakedness; maybe he was afraid I would damage his delicate skin. It was he who was protecting himself from me. I was the aggressor. Through the narrow slit in the mask his sight was limited. He would only be able to see things very close up; the horizon would escape him. Perhaps because of this limitation he had not been able to dodge my first attack. The last, I thought, had taken him by surprise. This reasoning was not without its logic, but logic was not going to relieve my wounds. I was already injured badly enough and it was all the same to me if the hurt had been caused by myself or by a sinister avenger. Nevertheless I wondered, why am I being punished? Had I, in an absent-minded moment, denied a glass of water to one of the pilgrims who stopped to rest at my hut? Or perhaps killed a nightingale in my dreams? Wounded as I was, I wanted to know just one of the reasons, even the slightest, why I deserved such punishment. And if all this was only a mistake? What sort of a match was it where I alone received the blows? To find out, I would have to attempt some kind of communication with my rival. I walked toward him, and again the reflections in his armour dazzled me. I thought that if I waited for night darkness would extinguish the blinding glow; the surface would cool, and except for the sharp spikes it would be a nice place to rest my cheek on and sleep. I used my hand as a screen to quell the flood of light, and at the same time I erased from my memory the profile of a chimera that was threatening to turn into a real figure. The enemy had sat down on a stone and was bending over, drawing some strange signs on a clear bit of sand. I came up in front of him and my shadow fell on the drawings. I came even closer, almost touching him; I wanted to see. I noticed that one of his hands, the one that was drawing, was out of his armour, free and unprotected, and it looked fine and delicate, excessively frail. It must have been that hand that had pushed a lock of hair off my forehead and then caressed me. The other, however, was covered by a gauntlet bossed with steel nails with their points outward. I recognized in the sand the Chinese ideogram for chaos. I wanted to whisper some pleasant phrase in my enemy\'s ear, apologize to him, perhaps ask him to reveal to me the enigma of our encounter. To tell him not to worry about my wounds, they would heal, time is a balm, the most effective. He turned toward me and for a fraction of a second I could see his eyes flashing through the slit in the mask. But I didn\'t catch the movement of the gauntlet as it was flung in my face with the strength of a horse\'s kick.
I fell on my back and saw a red sky furrowed by lightning, and before I became totally dazed I still had time to think that my proximity to the masked man must have set off an involuntary mechanism; the spring of an alarm had been released, so that the blow had been given me unintentionally. Perhaps with his imperfect sight the anonymous fighter had mistaken the spot of ash on my forehead for a fly and wanted to rid me of it with a slap.
What happened afterwards belongs to oblivion. If I remember it I risk poisoning my blood with rancour. Not even the soles of my feet escaped the fury of the avenger. Was it for that wretched fight that I had prepared so long? I might as well have cut open my belly with a blunt dagger and thrown my entrails to the dogs. Enough. After all, if I was still alive, what was lost? At most my illusions. And those, like moss between stones, multiply with the sun. Latency, I think that\'s what they call the time while the cracks in the stones are growing black. My heart was still beating. Now I would have to face the slow process of survival. In its tasks I was an expert, a wild boar of the wilderness, fleeing from the fire that had razed the wood, the house among the trees and the garden.
I got up. Business completed. It was time to go home. I made my way across the plateau carrying the red sun like a pack on my back. And as I went I heard behind me a metallic clang followed by a clear sound which I thought was a voice. Maybe the enemy could no longer stand the heat and had taken off his mask, and with strange politeness was saying goodbye to me. Goodbye then. But I didn\'t turn to look at him. I didn\'t want to preserve for my future dreams the picture of the face of that stranger who, for whatever reason, had caused me so much pain.
* * * * *
I woke when the morning was well on, and splashed in my tub of salt water. A sunbeam was filtering through a chink in the door.
Le combat.
Traducido al Francés por Samantha Barendson-Montagnac
Le soleil s\'abîmait dans les lointains, parmi les montagnes couronnées de neige, aux flancs marbrés de verts ou striés au fusain. J’avançais par un sentier rocailleux, laissant derrière moi une traînée de sang. Le temps parfois de respirer, et je reprenais aussitôt mon implacable marche car je ne voulais pas que l’obscurité me surprît en rase campagne. Protégés par la nuit, fauves et rapaces me traqueraient sans aucune pitié, et moi, exposé à ce point, quelle résistance leur offrirais-je ? Tout mon corps me cuisait à chaque pas, car pratiquement aucune partie n\'avait échappé au châtiment. À vrai dire, je savais que mes blessures n’étaient pas mortelles, mais cette pensée ne me consolait guère. S\'ensuivait-il quelque avantage? Mourir ! Là n’était pas ma préoccupation. Il me resterait bien assez de temps pour préparer l’ultime voyage.
Tandis que j’avançais en prenant appui sur quelque racine disparaissant sous les roches saillantes, une étrange sensation m’envahissait, proche de la déception ou de la tristesse. Mais sa véritable nature ne se laissait pas définir aisément. Que mon destin fût un nœud de trahisons, je m’y étais habitué. Pourquoi donc aurais-je dû m’affliger de cette nouvelle chute, de cette simple réitération, de ce maillon supplémentaire à ma chaîne ? Peut-être pris-je alors conscience, pour la première fois, que ce sentiment, quel qu\'il fût, outrepassait mes propres limites et se précipitait dans le vide.
J’avais livré un combat inégal, sachant d\'emblée que je n\'aurais pas la moindre chance d\'en sortir vainqueur. J’aurais pu éviter l’affrontement. Rien ne m’obligeait à soumettre mon corps à un tel châtiment. Une force inconnue m’avait renforcé pourtant dans ma décision. Étais-je homme à me complaire dans ma propre souffrance? Je ne le pense pas : la douleur n\'a jamais été pour moi une aspiration profonde. Du moins, je ne m’expose pas volontiers à la cruauté. Et là, écorché comme je l’étais, les pensées ne m\'étaient d\'aucun secours. Toute hypothèse s\'avérait superflue. Mais cesser de penser m’était impossible, images et voix déversaient leur flot indomptable, me fustigeaient et me tourmentaient, transformant ma fuite en un calvaire mental.
J’écoutais le rire moqueur de mon ennemi, protégé par son masque de fer, et ce rire démoniaque était préférable au silence car il atténuait son irritante respiration, sifflante et persistante comme le bourdonnement d’une mouche. Et lorsque rire et silence cessaient enfin, surgissait dans un recoin de ma mémoire une silhouette parfaitement nette et familière –dont je serais capable de reconnaître les traits entre mille. Elle se dressait dans sa tombe et me tançait vertement, et ses paroles, défigurées par l’éloignement, étaient autant d\'éclisses hachées par le vent de l\'éternité, vibrant à mes oreilles telle une malédiction. Était-il possible que je fusse condamné pour le restant de mes jours à être ballotté entre éclats de rire moqueurs et voix d’outre-tombe? Dans cet odieux contrepoint s’insinuait -faible mais unique- la note d’un sanglot. J’étais descendu si bas dans les cercles de la souffrance, je n’allais pas supporter le son de mes propres pleurs. J’arrachai une poignée d’herbe sèche mêlée de terre que je fourrai dans ma bouche afin d’étouffer ma voix. Et je me remis en marche, disposé à ne me laisser emporter par aucune image du passé, car je voyais bien dans ce territoire de cendres, et non dans mon corps misérable, ma faiblesse essentielle.
Je parvins à un promontoire duquel on apercevait, les jours de beau temps, le toit de ma cabane au fond de la vallée. Aujourd\'hui, les voiles de brume qui remontaient par le canyon, semblant fuir la nuit toute proche, le soustrayaient au regard. Je hâtai le pas. Je devançai la nuit, échappai au puma. Mon refuge aux murs blanchis à la chaux sentait le tabac et le laurier. Je pensais qu’en entrant dans ma demeure je m’effondrerais de fatigue ; j’éprouvai au contraire un soulagement immédiat, comme si l’on m’avait passé un baume de jouvence. Mais je ne me fis pas d’illusions : je savais que la douleur ne tarderait pas à revenir, accrue par la fraîcheur du soir. J’allumai le poêle et, en toute hâte, profitant des dernières lueurs et de mes maigres forces, je fis chauffer de l’eau que je versai dans une baignoire avec une livre de sel. Je me plongeai dans ce bouillon saumâtre et m’endormis aussitôt. Je rêvai que, transformé en faucon, je survolais un paysage d’immenses cônes de cendres. Ces contrées m’étaient inconnues, et pourtant, par quelque obscur mécanisme d’association, elles m’évoquaient la scène du combat.
***
Des années durant j’avais imaginé chaque détail de la rencontre. Et je m’étais minutieusement exercé, avec un soin et une abnégation dignes d’un archer zen. Nerfs et muscles entraînés, pas un gramme de graisse ne gênait mes mouvements. Je sautais et voltigeais dans les airs tel un trapéziste chevronné. Je courais deux lieues sans la moindre pause, et pendant de longues distances je sentais la plante de mes pieds prendre appui sur un matelas cotonneux flottant vingt centimètres au-dessus du sol. Lorsque la date approcha enfin, je jeûnai trois jours afin de garder l’esprit clair. Le jour dit je me levai avec le soleil. Je me baignai dans un trou d’eau glacée du fleuve, et mes cris de jubilation fissurèrent le cristal d’un lointain glacier. Puis je me fouettai le dos, le ventre et les cuisses avec des branches de verveine. Nu, sans arme, je me rendis sur le lieu du combat. Une trace de cendre au milieu du front m’assurait un unique espace invulnérable.
Le vaste plateau était vide. Mon ennemi se ferait attendre. Tandis que je patientais, je me souvins que je ne savais rien de lui. Sa nature et ses intentions, son pouvoir et sa force m’étaient étrangers. Son aspect, inimaginable. S’il apparaissait subitement dans les airs ou dans un nuage de poussière, je devrais accepter sa présence sans aucune objection, car j’avais moi-même choisi cet affrontement si particulier.
L’attente se prolongea jusqu’à midi. Lorsque le soleil atteignit son zénith, je le vis approcher. Il gravissait la dernière côte qui menait au plateau. Mon cœur commença à résonner comme un tambour, et mes jambes se mirent à trembler. L’être qui s\'avançait avec difficulté ne pouvait être mon rival. De loin il ressemblait à un adolescent, à un enfant même. À moins qu’il ne s’agît d’une erreur, quelqu’un se riait de moi. Le féroce combattant que j’attendais tardait à arriver ou n’arriverait peut-être jamais, et celui-là avait tout du randonneur égaré dans la montagne, de l’explorateur solitaire à la recherche d’un endroit où planter sa tente. Mais oui, il n’y avait plus de doute, il portait un sac à dos. Je devrais me cacher derrière un rocher pour dissimuler ma nudité. Un pressentiment toutefois me coupa la respiration : n’étais-je pas en train de me chercher une excuse pour éviter le combat, car qui d’autre que mon ennemi pouvait connaître la route menant à cet endroit désolé ? Il y avait sans doute des siècles que nul être humain ne s\'aventurait plus dans les parages. Mais était-ce bien là un être humain ? Et quand bien même, son aspect fragile pouvait s\'avérer trompeur. Ployer sous le poids du sac n’était pas véritablement un signe de faiblesse, car il pouvait parfaitement transporter une mitraillette avec la quantité suffisante de munitions pour anéantir un bataillon, ou peut-être s’agissait-il encore d’une charge plus redoutable : l’un de ces missiles portatifs qui détectent leur cible à la chaleur. Et mon corps chauffait comme un minuscule soleil.
Mon ennemi disparut derrière un buisson. J’affinai mon regard et me mis en garde, car à tout instant il pouvait surgir avec son arsenal. Le temps s’écoulait, exaspérant. J’en vins à accepter la possibilité d’un mirage. Cette idée me déçut : et si tous mes préparatifs s’avéraient inutiles, à qui allais-je maintenant offrir mon corps plein d’énergie, débordant de vie et d’espérance ? Je m’apprêtais à rebrousser chemin lorsque je le vis se diriger vers le milieu du plateau : difficile de croire qu’il s’agissait du même adolescent qui avait peiné pour gravir la côte. Il était enveloppé dans un halo de lumières qui semblaient émaner de son corps, comme si des miroirs lui poussaient sur la peau comme des écailles. Je courus à sa rencontre et au fur et à mesure que je m\'approchais son éclat m’aveuglait davantage. Dépouillé de toute pensée, n’ayant plus conscience de moi-même, je filais tel un papillon de nuit vers une source de lumière. Je reçus le premier coup aux genoux. Un coup bas, inattendu. J’eus la sensation d’avoir butté contre une muraille tissée de barbelés. Je sentis la déchirure et me souvins des chevaux auxquels l’on tranche les tendons au cours de la bataille. Étais-je un cheval ? Je titubai, m’écroulai et, avant même que j’eusse tenté de me relever, un jet de sable m’aveugla. Je demeurai étendu sur l’herbe sèche à me frotter les yeux, dans l’attente du prochain assaut. J\'implorai le ciel afin que le suivant fût le coup de grâce. J’entendis alors fuser son rire nerveux et inquiet, et je pressentis, horrifié, que la fête ne faisait que commencer. Suivit un long silence. Quelque chose se dessinait dans l\'espace, une forme invisible, l’ombre d’une hache peut-être. Une force extraordinaire me tira vers le haut, comme si l’on m’attrapait par les cheveux, et je sus que j’étais debout. Je fis quelques pas, lents et incertains. Que se passait-il ? Je bougeai les bras à la recherche d’un appui, tout d\'abord en tâtonnant avec précaution, puis en brassant l’air furieusement. Je heurtai de nouveau les barbelés. Étais-je en train de lutter contre une sorte de hérisson ou de porc-épic ? Je retirai mes bras ensanglantés et demeurai immobile. Je m’imaginai un instant transformé en statue. Je tâchai d’ouvrir les yeux, mais mes paupières refusaient d’obéir. J’entrouvris la gauche avec mon index et ne vis qu’un rideau rouge sombre. Je renonçai et retournai aux ténèbres. Très près de mon épaule je pus entendre, tel un soufflet, la puissante respiration de mon ennemi. Il avait des poumons ou des branchies. Mais avait-il un cœur ? Mon sang se glaça. Que tramait donc cet être impitoyable ? Je sentis sur mon front un contact froid et reculai d’un pas, brusque et violent, comme si j\'avais touché un serpent dans l’obscurité. Était-ce une main ? Je le suppose. La main poursuivit son dessein, écarta délicatement une mèche sur mon front, puis me caressa délicatement, comme une mère caresse le visage de son enfant en proie au délire de la fièvre. Que diable se passait-il là, dehors ? Était-ce l’esprit rancunier de ma mère qui accourait pour me consoler ? Dans quel but ? Il ne manquait plus qu’il se mît à chanter pour confirmer mes soupçons. Non, c’était impossible. Je refusai d’admettre cette idée de fou : un esprit ne se manifestait pas en plein jour, c’était donc moi qui délirais. Soudain, une sensation de soulagement envahit tout mon corps et, même si mon cerveau la refusait, je ne pus me soustraire à l’évidence : je me laissai traîner, tel un être épuisé, à bout de forces, s’abandonnant au sommeil. De toute façon, j’étais à la merci de mon ennemi, et cette trêve n’était sûrement rien de moins qu’un nouveau stratagème, une ruse tramée uniquement pour me confondre. Le chat attrape la souris et joue avec elle, il n’est pas pressé, il la chahute un peu, la relâche en lui donnant ainsi l’illusion qu’elle peut s’échapper, puis il la saisit de nouveau et le jeu continue. Comme toute créature en danger, la souris résiste mais, dans le va-et-vient entre la fuite et les griffes du chasseur –persuadé de tenir sa proie– elle sécrète l’enzyme de la terreur qui attendrit son sang et le rend sucré, scellant ainsi malgré elle sa condamnation. N’étais-je qu’une souris ? Je me rendrais alors sans la moindre résistance afin d’empoisonner mon prédateur. Je fis ensuite une autre tentative pour ouvrir les yeux et, malgré mes appréhensions, j’y parvins. Et je vis le visage de mon ennemi. Je crus le voir.
Non, il ne s’agissait pas d’un visage. Autant que j’en pouvais juger, cette forme qui flottait près de moi était un masque, un masque de fer. Deux étroites rainures horizontales à la hauteur des yeux et une grille métallique à la place de la bouche : un premier plan qui bouchait totalement mon angle de vue. Je regrettai mon œil de poisson. Je voulus savoir qui se dissimulait derrière ce masque, je levai les bras et me préparai pour l’assaut. Je me figurais pouvoir dépouiller mon rival de son visage postiche sans effort particulier. Mes mains, qui cherchaient une attache ou une échancrure quelconque, se heurtèrent à une superficie recouverte de lames minuscules. La douleur et la rage me saisirent, rendant plus vive la brûlure des autres blessures. Comme s’il avait attendu mon réveil, mon ennemi interrompit ses caresses et s’éloigna de quelques pas. Je pus ainsi le voir dans toute sa splendeur, couvert des pieds à la tête d’une carapace métallique. L’armure brillait au soleil, lançait des éclairs argentés, des poignards de lumière. Son éclat me fascinait et me faisait oublier ma condition précaire et misérable. Je marchai de nouveau vers la lumière et je fondis sur mon adversaire. Je l’étreignis comme si j’avais reconnu en lui un frère perdu jadis lors d’un naufrage. Les saillants de son armure pénétrèrent mes chairs. Je me retirai : de mon torse endolori, troué et tailladé, le sang jaillissait comme d’une fontaine. Je remarquai que mon adversaire aussi s’écartait. Il m’esquivait, ou peut-être avait-il pitié de moi, je ne sais. J’eus une pensée étrange qui, tant qu’elle persista, mit mon esprit à la géhenne. L’adolescent, ou celui qui se dissimulait derrière cet équipement de métal, n’était pas mon ennemi, ne luttait pas, et ne voulait pas lutter. Et là, sur ce plateau, il accomplissait quelque dessein dont lui-même, autant que moi, ignorait tout. La lourde et suffocante tenue qu’il s\'est vu obligé d’enfiler doit le tourmenter indiciblement, pensais-je, et il s\'en débarrasserait volontiers s’il le pouvait. J’imagine qu’il ne lui est pas permis d’exhiber sa véritable nature, encore moins sa nudité ; peut-être même a-t-il peur que je ne blesse sa peau délicate. C’est lui qui se protège de moi. L’agresseur, c’est moi. L\'étroite rainure de son masque réduit son champ de vision. Il ne doit voir que les objets les plus proches, l’horizon lui échappe. C’est peut-être à cause de cette limitation qu’il n’a pu esquiver ma première attaque. Je crois que la dernière l’a pris par surprise. Mon raisonnement ne manquait pas de logique, mais la logique ne panserait pas mes blessures. J’étais déjà passablement mal en point, et il m’importait peu que le mal eût été causé par moi-même ou par un sinistre vengeur. Pourtant, je me demandais : pourquoi me punit-on ? Dans un moment de distraction, avais-je refusé un verre d’eau à un pèlerin qui faisait halte dans ma cabane pour se reposer ? Avais-je assassiné en rêve un rossignol? Blessé comme je l’étais, je voulais connaître une seule, la plus insignifiante des raisons qui m’avaient fait mériter un tel châtiment. Et si tout cela n’était qu’une erreur ? Quel genre de tournoi était ce là, où moi seul recevais les coups ? Pour obtenir une explication, je devrais tenter d’entrer en communication avec mon rival. Je marchai vers lui et le reflet de l’armure m’éblouit de nouveau. Je songeai que si j’attendais la tombée de la nuit, l’obscurité éteindrait l’aveuglante lueur ; la surface refroidirait et, sans ces arêtes pointues, ce serait un endroit agréable où poser ma joue et dormir. Je mis ma main devant mes yeux pour atténuer le torrent de lumière, et au passage j’effaçai de ma mémoire la silhouette d’une chimère qui menaçait de devenir une image réelle. Mon ennemi s’était assis sur un rocher, et penché en avant il dessinait des signes étranges sur une partie sablonneuse du sol. Il utilisait une baguette en guise de plume. Je m’approchai en lui faisant face, et mon ombre se projeta sur l’inscription. Curieux, je m’approchai davantage, l’effleurant presque, je voulais voir. Je remarquai que la main qui dessinait dépassait de l’armure, libre, sans protection, et elle me parut fine et délicate, fragile à l’excès. C’était certainement cette main qui avait écarté une mèche de mon front pour me caresser ensuite. L’autre, au contraire, était recouverte d’un gantelet garni de clous d\'acier aux pointes tournées vers l’extérieur. Je reconnus, tracé dans le sable, l’idéogramme chinois du chaos. Je voulus susurrer à l’oreille de mon ennemi quelque phrase agréable, lui présenter mes excuses, lui demander éventuellement de me révéler l’énigme de notre rencontre. Lui dire de ne pas s’en faire pour mes blessures, qu’elles finiraient bien par cicatriser : le temps est le meilleur des baumes. C’est alors qu’il se tourna vers moi et que je pus entrevoir une fraction de seconde, par la fente de son masque, la foudre de ses yeux, mais non pas, telle une ruade, le mouvement du gantelet lancé contre mon visage.
Je tombai sur le dos et vis un ciel rouge sillonné d’éclairs. Mais avant de sombrer dans la confusion, j’eus le temps de penser que ma proximité de l’être masqué avait déclenché un mécanisme involontaire : le ressort d’une alarme avait sauté, et le coup m\'avait été asséné involontairement. Ou bien, à cause de sa vision réduite, le guerrier anonyme avait confondu la trace de cendre sur mon front avec une mouche, et il avait voulu m’en débarrasser en l’écrasant d’un revers de la main.
Ce qui advint ensuite appartient au domaine de l’oubli. En évoquer le souvenir, c’est risquer de faire couler dans mes veines le poison de la rancœur, car même la plante de mes pieds connut sa furie vengeresse. Était-ce pour ce misérable combat que je m’étais préparé si longuement ? J’aurais été mieux inspiré de m’ouvrir le ventre à l’aide d’un poignard ébréché et de jeter mes tripes aux chiens. Il suffit. En fin de compte, si j’étais encore en vie, qu’avais-je perdu ? Tout au plus, la joie de vivre. Et celle-ci, comme la mousse entre les pierres, renaît avec le soleil. Latence, n’est-ce pas ainsi que l’on nomme la période durant laquelle noircissent les fissures qui sillonnent les pierres ? Mon cœur noircit. Je devrais maintenant affronter ce long processus qui consiste à survivre, et dans ce domaine j’étais un expert : un sanglier des prairies sauvages fuyant l’incendie qui dévasta la forêt, la maison, les arbres et le jardin.
Je me levai. Affaire classée. Il était temps de rentrer. Je m’avançai vers l’intérieur du plateau en portant le soleil rouge dans mon dos comme un sac. Et tandis que je m’éloignais, j’entendis dans mon dos un son métallique suivi d’un autre plus clair que je pris pour une voix. Peut-être mon ennemi s’était-il débarrassé de son masque, ne supportant plus la chaleur et, dans un étrange élan d’amabilité, il prenait congé de moi. Au revoir alors ! Mais je ne me retournai pas pour le voir. Je ne voulus pas garder pour mes rêves futurs l’image du visage de cet inconnu qui, pour d’obscures raisons, m’avait causé tant de douleur.
***
Je me réveillai tard dans la matinée et barbotai dans la baignoire remplie d’eau saumâtre. Par la fente de la porte filtrait un rayon de soleil.
|